Huellas delatoras
Camine entre las luces, aun de día, camine poco pero placentero. Observe los vasos moverse a mis espaldas, delante de mi, caminando a mi lado.
—¿Cómo estas? —me dijo una botella de vino.
—Aburrido —le dije, mirando a las servilletas.
—Ahora mismo mando a traer algo —dijo, apretando mi hombro.
—No hay necesidad, solamente vengo a ver un poco lo que hacen ahora —replique.
Me senté un rato sobre el sofá. Mirando de vez en cuando entre las cortinas que se abrían al pasar los colibríes, podía admirar diversos pares de servilletas, ¡de diferentes colores! ¡Para todos los gustos!
Mande a pedir un trago, lo disfrute. La tarde estaba desnudándose entre los festejos, los rostros pintados, las banderas ondeándose. Pasada una hora y media, tome mi chamarra y me dispuse a marchar.
—¡Omar!, ¡hey!, ¡Omar!
—Ah, eres tú, China.
—Espérame, ahorita bajo.
Por algunos minutos observe los relojes, los destapadores, las camisetas, las estampas, todo aquello detrás de una vitrina.
—¿Ya te vas?
—Si, solo venia de pasada, quería mirar lo que estaban haciendo. Hace tiempo que no vengo —dije, tomándola por los hombros.
Salí de la caja. Camine y camine de nuevo. Luces; aire, pedazos de río, muñecas. Entre a una dulcería. ¡Bastaba más!, no podía quedarme parado, tome asiento cuando de repente un fantasma se apareció y me extendió los brazos.
Platicamos sobre el minotauro, víboras, Perseo y prosas. Hacia tiempo, ya bastante tiempo que no podía esforzarme para seguir su ritmo e igualar sus letras, su verbo, los cabellos falsos.
—Me voy —dijo, dándome por fin el abrazo.
—Adiós, me alegraste el día —le agradecí.
—Me la pase bien contigo, platiquemos otro día ¿si? —menciono, caminando hacia el túnel.
—Claro, siempre y cuando no anochezca.
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