El camino del tren
Hay solamente una diferencia entre una larga vida y una buena cena: en la cena, el postre llega al final. (Louis Stevenson)
Después de todo, veinte años se fueron volando. Las ansias seguían perturbando cada pequeño segundo. Deseaba más, quería tenerlo todo frente a mí, conocer cada insignificante detalle hasta los valiosos misterios que nadie podía comprender. El podía ayudarme
—Pide, pide todo lo que quieras. El precio es alto, pero puedes pagarlo.
—Claro. No quiero riquezas; tampoco placer —entrecerré los ojos ante la idea—. Quiero que me otorgues el don de la regresión, espiritual y física, pero no quiero por ningún motivo que mi mente sufra las consecuencias. Quiero tener conocimiento de todo y hacerlo cuantas veces me plazca.
—Regresar en el tiempo.
—No seas tonto —reí—, el tiempo no existe, me dejarías con nada.
Silencio, silencio en la noche. La frialdad de las horas se fue acumulando entre nosotros. Miraba, aun asombrado, al árbol con las ramas cortadas, seco y marchito pero podía hablar.
—¡Como quieras! —dijo, con voz gutural, furiosa y retadora—. Acércate y coloca tu dedo frente a mí.
Obedecí, estaba a punto de concluir el acuerdo, me acerque sin titubear y extendí mi dedo índice en el centro del tronco. Al hacerlo, pequeños pedazos de madera podrida fueron cayendo a mis pies, toque entonces el liso tallo que se había descubierto.
—Firma, ¡firma con tu vida! —ordeno, ávido y victorioso.
En aquel instante apareció una grieta en mi dedo, la sangre fluía directamente hacia el tronco mientras escribía mi nombre. Fueron siete segundos, entonces el pacto fue consumado.
—Ya tienes lo que deseabas, disfrútalo, utilízalo porque te cobrare de cualquier manera —advirtió.
—Que generoso el aviso. Espero que tengas paciencia —respondí.
Un gruñido agudo y espantoso se escucho, el tronco comenzó a envejecer a una velocidad descomunal hasta quedar hecho polvo.
No había nada mas que hacer, me dedique a vivir normalmente; teniendo en mente que en cualquier momento podía utilizar aquella facultad fui caminando sin miedo, no me detuve ante ningún tropiezo; pero así, jamás lo utilice y no pensaba hacerlo hasta el momento de ver de frente mi huida.
Viaje, conocí, viví lo que pude y obtuve lo que un hombre necesitaba en su vida mortal para sobrevivir. Quien fue antes ya no volverá a serlo, y todos volvieron de donde vinieron.
—Pide, pide todo lo que quieras. El precio es alto, pero puedes pagarlo.
—Claro. No quiero riquezas; tampoco placer —entrecerré los ojos ante la idea—. Quiero que me otorgues el don de la regresión, espiritual y física, pero no quiero por ningún motivo que mi mente sufra las consecuencias. Quiero tener conocimiento de todo y hacerlo cuantas veces me plazca.
—Regresar en el tiempo.
—No seas tonto —reí—, el tiempo no existe, me dejarías con nada.
Silencio, silencio en la noche. La frialdad de las horas se fue acumulando entre nosotros. Miraba, aun asombrado, al árbol con las ramas cortadas, seco y marchito pero podía hablar.
—¡Como quieras! —dijo, con voz gutural, furiosa y retadora—. Acércate y coloca tu dedo frente a mí.
Obedecí, estaba a punto de concluir el acuerdo, me acerque sin titubear y extendí mi dedo índice en el centro del tronco. Al hacerlo, pequeños pedazos de madera podrida fueron cayendo a mis pies, toque entonces el liso tallo que se había descubierto.
—Firma, ¡firma con tu vida! —ordeno, ávido y victorioso.
En aquel instante apareció una grieta en mi dedo, la sangre fluía directamente hacia el tronco mientras escribía mi nombre. Fueron siete segundos, entonces el pacto fue consumado.
—Ya tienes lo que deseabas, disfrútalo, utilízalo porque te cobrare de cualquier manera —advirtió.
—Que generoso el aviso. Espero que tengas paciencia —respondí.
Un gruñido agudo y espantoso se escucho, el tronco comenzó a envejecer a una velocidad descomunal hasta quedar hecho polvo.
No había nada mas que hacer, me dedique a vivir normalmente; teniendo en mente que en cualquier momento podía utilizar aquella facultad fui caminando sin miedo, no me detuve ante ningún tropiezo; pero así, jamás lo utilice y no pensaba hacerlo hasta el momento de ver de frente mi huida.
Viaje, conocí, viví lo que pude y obtuve lo que un hombre necesitaba en su vida mortal para sobrevivir. Quien fue antes ya no volverá a serlo, y todos volvieron de donde vinieron.
Y se adjuntaron en mi mente todas aquellas palabras, las imagenes aun se conservan. Pero todo aquello solo era un grano de arena en la inmensidad de lo existente. Jamas se presento el arrepentimiento de los malos pasos. Jamás encontré a quien de verdad pudiera vender en caja mi pecho.
Llego el momento de partir, naturalmente, pero bastaba mas.
Luces, luces y la voz de la puerta cerrarse...
—¡Tenemos un trato!
—Que nunca podrás cobrar —dije, con una vocecita juguetona mientras sostenía un trenecito de juguete.
—Trato hecho; jamás deshecho —respondió, enojado.
—Jamás... jamás podrás cobrarlo. Vete, tengo que jugar.
—Tú... malogrado perdido —respingo.
—El tren, hace muchos años lo descarrile. Dime tú, ángel, ¿quieres subirte?
0 comentarios: